miércoles, 5 de agosto de 2009

LA MEJOR RUMBA DE MI VIDA

Por Alejandro Córdoba S.




Era la mejor rumba de su vida. Nunca había bailado como hoy, ni nunca bailaría igual después. Las voces se aceleraban por momentos. Eran voces chatas, negras, perreadoras, eróticas. Por fin el reggaetón dejaba de lado la explotación de la mujer. La voz refería mejores explotaciones, intercambios y chantajes de flores, cenas y coqueterías ridículas por besos y ondulaciones ralentizadas.


Él se balanceaba al bailar. Estaba solo. Se movía por primera vez al compás de la música. Bajando con suavidad: con la dulzura propia de la gente que bailaba en la calle las populares canciones de la Plena panameña y su contraparte de Puerto Rico.


Nadie lo miraba. No hacía el ridículo. Cerraba los ojos. Su ritmo no se perdió cuando el discjockey cambió de género y sonó "Bonita" de Cabas. Sus ojos no se abrieron para registar el cambio de ritmo ni las emocionantes caras de las adolescentes idiotas que gritaban y le llenaban de babas la oreja a sus novios borrachos, casi ejecutivos, semi independientes, obligatoriamente elegantes y aburridos. Todos felices con sus vidas financieras y sus ratos de ocio.


Él seguía bailando solo. Aislado del mundo por sus ojos y por el balanceo encerrado.




- Jueputa, ¡salgan del baño ya!




Él bailaba sin saberlo. Olvidando sus problemas, su vida, sus alegrías. Olvidando la fiesta, su condición de cadáver colgante, la cuerda que le apretaba el cuello, los motivos de su suicidio y los gritos desesperados de los que le partirían el culo si estuviera vivo porque no los dejaban mear en el baño que habían pagado con el importe del cover.




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