domingo, 13 de septiembre de 2009

Fragmento de una carta para la madre.



...
- ¡Más puta será la suya! - me dijo el niño cuando le pregunté por su madre en tono poco decoroso.
Madre, tú sabes que no me molesta saber que soy un hijo de puta. No tengo dudas de que soy tu hijo y que si fuiste puta seguramente lo disfrutaste. O por lo menos no me consta que te disgustaran los hombres que traías a la casa.
Empujé al niño y le di una patada a la puerta. La mujer estaba recién salida del baño. No esperé a que se sorprendiera de verme con el arma apuntándole. La bala le dio en la frente. El niño vio el cadáver de su madre desnuda. Fue un disparo limpio, tan contundente como el punto final de una historia. Cuando la bala dio en la pared dejó un reguero de sesos que se acomodaron artísticamente en el suelo.
Te cuento todo esto madre porque sabes de mi trabajo, conoces que desde hace treinta años vengo practicando y trabajando en el discreto arte de matar. Soy un caballero: limpio muy bien el arma con la que debo matar, hago ejercicio todos los días, siempre saludo a la gente con una sonrisa y cumplo con mis obligaciones de hijo, visitándote y cuidándote como te mereces.
Como siempre me ha ido mal con las mujeres prefiero decir que mi madre es la mujer a la que más he amado en mi vida. Por eso te cuento todo, para que no te sientas tan sola cuando no puedo visitarte.
Maté a Zulma porque se lo merecía, esto ya no hace parte de mi trabajo. Fue una decisión tomada a partir del momento en que fui obligado a asesinar a mi mejor amigo. Ella era la típica buscona con tetas de silicona y esposo traqueto. No tengo nada contra las zorras ni los implantes ni los narcos. Ese es el mundo donde trabajo. Pero sí odio la deslealtad y la falta de amor.
Madre, estoy triste. Te quiero mucho. Soy un maldito solterón de cincuenta años y tú una hermosa viuda con migrañas horribles que ya pasa de los ochenta. Los viejos necesitamos mucha compañía. Ya me siento más afín a ti que a los de mi generación porque todos son exitosos o están muertos. Yo todavía soy un niño que llega a viejo con el miedo de dormir solo y que nunca llegue una mano tranquilizadora a posarse con ternura en mi frente. Tarde me di cuenta que todos tenemos la horrible necesidad de una caricia. Ya estoy gordo, pobre y feo como para poder buscar una pareja. Por eso te acompaño madre hasta que te llegue el último día y te apagues como una vela a la que uno proteje con las manos. Pero nunca has tenido queja de mí: siempre me lavo los dientes y nunca has visto manchas en mi ropa.
Soy un hombre solo y tengo pocos amigos. Uno de los últimos que me quedaba murió en mis manos, después de que le disparé por la espalda. Se llamaba Federico. Se me escurren las lágrimas cuando lo recuerdo. Jugábamos fútbol en la lejana infancia. Yo le quemaba las manos con la pelota de caucho. Nunca pude marcarle un gol. Eran los días hermosos en que uno podía fracasar jugando. Lo quise mucho, madre. Con un cariño que mucho psicoanalista pervertido podría llamar maricón. Esa es la estrategia que tienen todos esos cabrones para evitar la amistad entre los hombres. Ya sé que me enseñaste a no decir groserías. Lo siento.
Madre, quise tanto a Federico que pude perdonarle el hecho de que me quitara a la mujer que más quise en la vida. Las mujeres vienen y van. Desde que nacemos venimos con el pan debajo del brazo y una hilera de putas y mujeres encantadoras destinadas a darnos gusto o a producirnos dolor. La familia es algo que uno no puede elegir: puedes ser hijo de un santo o de un estafador, puedes ser hermano de una calenturienta o de una profesora que acosa a sus alumnos. Pero los amigos son seleccionados, son como segundos hermanos. Son la familia de la que uno se apropia para darle una suerte de belleza al mundo en que vive.
Cuando se llevó a la que era mi novia, Estela, yo nunca lo tomé a mal. A veces una persona puede ser mejor pareja con otro que con uno, mamá. Así me enseñaste que era la vida. Federico me pidió perdón y nos fuimos a emborrachar. Me dijo: "algún día me vas a quebrar por esto". No me lo creí. Tal vez uso ese pretexto para pensar que le quité la vida por un motivo más digno que la rabia de la buscona que pidió su cabeza.
He matado muchas veces. Por eso Zulma hizo que mi jefe me contratara. Lo tenía engatusado con esas tetas voluminosas que parecen flotadores de los que usan los niños pequeños en los brazos. Necesitaba matar a Federico por alguna sospecha estúpida o por alguna calentura insatisfecha. Por fortuna, cuando capturaron a su esposo, me pude dar el lujo de matarla sin represalias. Porque no existe más asesino en este país que yo. Eso no me enorgullece pero tampoco me tranquiliza.
Cuando fui a matarlo, Federico me miró con esa cara de tristeza que te dice ya sé a que vienes. Mamá, cuando murió se me acabó la infancia, se me fueron los recuerdos por el desagüe de un dolor infinito. Acosté al muerto y le di un beso en la frente. Y al cerrar la puerta se me escurrieron las lágrimas, mamita, empecé a llorar como nunca lo había hecho en la vida. Era como un dolor en la espalda. Algo terrible que te dice, mamá, algo terrible que te dice que todo está concluido. Era mi despedida del mundo. Tuve que apoyarme en un poste y vomitar. Seguí llorando sentado en el andén. Esa noche lloré en mi cama y quise ser un bebé o un niño que espera tu mano suave o el calor de tu pecho para dormirse. Mamá, todavía soy un niño. Te quiero muchísimo. Todavía hoy lloro mucho. Lo recuerdo riéndose en alguna tarde, desafiándome a que le hiciera el gol. Y una niña trenzuda, pelirroja y de dientes torcidos, saltando el lazo. No recuerdo su nombre. No olvido tampoco la ventana en la que tirábamos piedras para hacerle muecas y decirle groserías a la viejita que se asomaba. Con esa muerte se fue mi infancia, mamita, ahora sólo debo esperar un tiempo para seguir haciéndome más viejo y poder acompañarte en la mecedora. Tomando tu arrugada mano para mirar cómo pasan las horas en el silencio de tu casa vieja.
Por eso la maté, por eso maté a esa putica. Y aunque no apruebes mis métodos, trato de colaborarle a Dios para administrar la justicia en el mundo. Una justicia a mi modo. Te veré pronto para llenarte la cara de besos.
Atentamente,
tu hijo Eusebio Salcedo.

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